Olores que deseas olvidar

Escribí este texto hace ya unos años… Pero para mi es fundamental que me acompañe siempre… Creo que comprenderéis el motivo.

Hay lugares que tienen un olor que se mete dentro, que se te clava en el alma para siempre. A veces son olores positivos. El olor a tierra mojada me recuerda siempre, sin poder evitarlo, a Baños de Molgas (el pueblo de mi madre); el olor de tu cuerpo que de repente me aborda cuando no estás a mi lado y me hace revivir todos los momentos juntos; el olor a fruta recién recogida que me traslada a debajo de una mangueira (el árbol que da mangos, que nunca he sabido como se dice en castellano 😛 )… Pero hay olores que hieren en el alma…

Cuando tenía 17 años fui de intercambio a Polonia. A una ciudad preciosa, un rincón medieval, una ciudad de cuento de hadas que me conquistó desde el primer día. A 60 Km. de este maravilloso lugar se encuentra el recuerdo de uno de los puntos negros de la historia de esta vieja Europa, tan mía, tan nuestra… Un punto negro con olor a tristeza, a desesperación, a odio, a vergüenza… El aire de Auschwitz enfría la sangre y pone la piel de gallina. Se calcula, aunque nunca se sabrá con certeza que más de 1,3 millones de personas murieron entre esas verjas. No sólo murieron judíos (aunque es cierto que la mayoría sí lo eran), también fueron asesinados homosexuales, gitanos, presos de guerra, “elementos antisociales”.

Recuerdo que íbamos en el autobús camino al primero de los campos de concentración que forman Auschwitz, hablando, riendo, comentando la jornada anterior… Y bajas del autobús y casi lo primero que ves es la puerta, sobre la cual los nazis pusieron una frase “Arbeit macht frei”, el trabajo os hará libres. El trabajo os hará libres… Los presos salían cada mañana a trabajar (con música de marcha tocada por una orquesta, no haré comentarios), la mayoría de las veces ni les daban de comer, hacían sus necesidades en “baños públicos”, sin paredes, sin higiene (cuyo propósito era de no sólo que cayeran enfermos sino de quitarles la poca dignidad que les quedaba) y luego volvían por la noche. Algunos, los afortunados, dormían en camas, apelotonados; los menos dormían en zulos enanos, de pie, sin poder sentarse ni mucho menos tumbarse. Como anécdota, decir que Witz (terminación de Auschwitz), en alemán, significa broma. Una horrible broma. 

Es tremendo. La gente que llegaba a Auschwitz pensaba que les iban a dar tierras y casas… A la gente que llevaban a las cámaras de gas les decían que iban a la ducha y se pegaban por ponerse debajo de los agujeros por los que supuestamente iba a salir agua para poder limpiarse de toda la mugre que tenían en el cuerpo. Me recuerdo en esas cámaras de gas, con el corazón en un puño, con los ojos rojos de no poder llorar, sin poder evitar imaginarme el horror y el miedo y la desesperación que debía apoderarse de ellos al descubrir que no era agua lo que salía de esos agujeros… Luego había unos pocos “elegidos” que eran los encargados de trasladar los cuerpos de sus compañeros de la cámara de gas, al crematorio… Un doble castigo. 

Supongo que para muchos sí les hacía libres… Porque con su muerte se liberaban de esas torturas, de ese dolor, de ese miedo y angustia… Porque al menos, para los muertos esa horrible pesadilla había terminado. 

Álvaro Gil Robles, ex comisario europeo de Derechos Humanos, dijo, con un gran acierto, que la experiencia vivida en Auschwitz no sólo produjo en todos los que sobrevivieron una destrucción física, sino también moral.

Lo que es tremendo es que el pueblo judío (y lo siento por generalizar en este momento, pero podríamos incluso ampliarlo porque los que no estamos implicados directamente, lo estamos por consentirlo) acabe cometiendo la misma atrocidad. Como dijo Saramago, los judíos que murieron abrasados en las cámaras de gas quizás se avergonzarían al ver como se están comportando sus descendientes. Quizás, como dijo, no hay cámara de gas pero aislar a las personas, no dejarles moverse, no permitir el acceso a los cascos azules (y que nosotros sigamos sentados en el sofá)… Es verdad, quizás estoy siendo demagoga, quizás me dejo llevar por la publicidad pro-palestina, pero es mejor que ser cómplice de ese crimen contra la humanidad. Otro más en la lista. 

En el autobús, cuando íbamos no parábamos de hablar. A la vuelta, durante esos 60 Km. que nos separaban de Cracovia, nadie hablo. No tenías fuerzas para eso. Ni fuerzas ni sabíamos qué podíamos decir. El silencio hablaba por si solo.

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2 Respuestas

  1. Marta Martínez dice:

    Emotiva historia Marta :’-( Aun triste, me encanta. Consigues perfectamente transportar al lector al sitio que estas describiendo. Pelos de punta.

    • Marta dice:

      Gracias Marta, es un lugar que aunque te deja, como dices, los pelos de punta, considero imprescindible que la gente conozca, para que nunca volvamos a repetir ese horror… Muchas gracias por leerme. Muaacks

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