pesadillas

Los años pasan. Los recuerdos se acumulan en la memoria, recordamos unos, olvidamos otros sin nosotros poder elegir cuales atesorar y cuales desechar.

El tiempo pasa y aunque dicen que cura todas las heridas, algunas cicatrices son tan delicadas que vuelven a abrirse con un simple soplido.
Habían pasado muchos años y, sin embargo, algunas noches volvía a despertarse empapada en sudor, temblando, desorientada… Y volvía a tener 18 años. Y volvía a tener miedo de esas sombras que le acechaban desde la acera de enfrente esperando encontrarla a solas… Y volvía a escuchar esa voz que un día amó y que le rompió por dentro como sólo una palabra puede hacer…

Habían pasado muchos años y aún no comprendía como había llegado a ese punto, como había permitido que le destrozara tanto, que le anulara tanto, que le robara aquellos primeros momentos que debían ser (si no placenteros, al menos cariñosos), que le arrancara la risa, la inocencia, la fe en el ser humano… Ella que siempre había sido una chica fuerte y segura se había convertido en una mujer insegura y temblorosa… Ella, que como decía una canción, era amiga de la vida… Se encontró en un oscuro callejón, llorando, perdida, sin saber qué había pasado ni que pasaría a continuación.
La gente le decía que tenía que estar orgullosa, que había sacado fuerzas de dentro, que había roto con todo, que se había enfrentado a esa oscuridad, que había seguido adelante, que había pintado su vida de color…

Pero de vez en cuando la niebla volvía a su vida; de pronto un mensaje, una llamada, un encuentro… Le recordaba que él no le iba a permitir olvidarle, que no le iba a consentir que el miedo se borrará del todo de su vida… Y ella seguía teniendo pesadillas, conocedora de que a veces las pesadillas se hacen realidad.

 

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