Qué desastre

Este texto apareció por primera vez, con el mismo título “Qué desastre”, en el blog krakensySirenas el 22 de marzo de 2016 y hoy lo recupero para compartirlo con vosotros… Porque, simplemente, me he acordado del mismo. Espero que os guste y dejéis algún comentario. 

Sed felices. 

Se atusó el pelo. Intentó darle un poco más de volumen. Miró fijamente el pintalabios que tenía en una de sus manos. No sabía si retocarse. Total, para lo que le iba a durar… Notó un pequeño pinchazo en el estómago. Y se convenció a sí misma de que, simplemente, era el deseo, ansioso de salir y ser libre. Llevaban tanto tiempo jugando a ese juego… Quedaban, una charla, unas risas, abrían una botella de vino… Y mucho antes de que acabaran la primera copa, la ropa ya solía andar por el suelo. Luego solían acabarse la botella de vino mientras picoteaban algo. Más risas, más charlas… Y, más tarde, de vuelta a su casa. Sin más complicaciones, sin más historias. Y le gustaba. Le gustaba esa relación. Sin comeduras de coco, sin peleas…

La puerta del ascensor se abrió. Y casi justo enfrente le esperaba él, apoyado en el marco de la puerta de su casa. Estaba realmente guapo. Pelo negro, ojos marrones, casi miel… Con unos pequeños puntitos verdes que brillaban cuando la miraban. Le gustaba el jersey de cuello alto que llevaba. Realmente le ponía mucho. Tenía ya ganas de quitárselo.

Se acercó a él con una sonrisa y le besó, con ansia, con todo el deseo que palpitaba en cada poro de su piel. La respuesta de él no tardó en llegar, la rodeó por la cintura con su brazo y la atrajo contra su cuerpo.

─Mmmmm… Cómo vienes.

─Tengo ganas de ti… ¿Algún problema?

─Ni muchísimo menos. Encantado. ¿Entras?

Se separó de él y pasó por su lado entrando en su domicilio; mientras lo hacía rozó levemente su entrepierna. Vio, por el rabillo del ojo, como él sonreía pícaro. Se quitó el abrigo. Llevaba un vestido negro que sabía que a él le encantaba por como se ajustaba a cada curva de su piel. Se volvió hacia él y con un gesto pícaro dejó caer el abrigo al suelo, sin dejar de mirarle, provocándole…

En dos zancadas él ya estaba pegado a ella, besándola, acariciando cada parte de su cuerpo; la dirigió hacia una de las paredes y la aplastó contra ella para que le sintiera completamente. La volvía loca. Notar su deseo palpitando contra el suyo. Él enredó su mano entre su pelo y tiró levemente del mismo para hacerle girar la cabeza y su cuello quedara a su disposición.

En esa ocasión no había preliminares, no había charla, ni risas, ni la botella de vino abierto contemplándoles desde la mesa… En esa ocasión sólo había una pasión que invadía todo el cuarto. En esa ocasión sólo había dos pares de manos desnudando al contrario. En esa ocasión sólo había ese incendio que ardía cada vez que estaban juntos.

De la pared pasaron al sofá. Y fue el sofá como podía haber sido la mesa o el mismo suelo. Ninguno de los dos parecía controlarse. No supo en qué momento había perdido los zapatos, el vestido… Incluso la ropa interior. Notó como él le daba la vuelta para dejarla boca abajo y como su boca le recorría la espalda y como con los dedos jugueteaba con su sexo. Sabía perfectamente cuál era su punto débil.

─Estás completamente empapada. Y me encanta.

─Es tu culpa.

Intentó girarse para quedarse boca arriba pero él se lo impidió.

─No. Hoy mando yo. Y no voy a hacer esperar a quien me está esperando tan ansioso.

Hundió la cabeza en uno de los cojines del sofá mientras intentaba recuperar el ritmo normal de su respiración. El sexo con él era tan bueno… Nunca había encontrado a nadie con quien tuviera tanta química, que con solo tocarla la derritiera. Sintió como él se tumbaba de lado en el sofá, a su lado, mirándola. Le devolvió la mirada. Estaba tan guapo con esa sonrisa.

─¿Qué piensas?

¿Por qué le había preguntado eso? Se regañó. Nunca se le había ocurrido hacer esa pregunta. Y mucho menos después del sexo. Él no pareció molesto. Subió uno de sus dedos y le acarició la mejilla.

─Me gustan tus mejillas coloradas después del sexo.

Le besó. Un beso suave. Dulce. Y algo se retorció dentro de ella. Él se separó. Se sentó y se puso los calzoncillos que estaban en el suelo.

─¿Un Rioja?

No esperó respuesta. Se levantó y se fue a la cocina. Ella le vio alejarse. Sabía que él era más de Riberas, que compraba Rioja por ella… “¡Qué mono!”. Y de pronto se dio cuenta. No era sólo deseo lo que sentía por él. No podía ser. No. Se lo negó mil veces. Y él apareció con una sonrisa, la botella de vino y dos copas.

─Tengo la nevera vacía, pero si te apetece podemos pedir algo y luego retomar un segundo asalto.

─Me parece un gran plan.

Le vio servir el vino mientras empezaba a contarle las últimas novedades de su vida. Y ella le escuchó intentando acallar esa vocecita que empezaba a gritar en su interior. Había pasado mucho tiempo acallándola. Miró pensativa el vino. Qué desastre. Qué absoluto desastre. ¿Quién le mandaba enamorarse? Le dio un largo trago a la copa. Oyó como él se reía divertido y volvió a mirarle.

─¿Qué pasa?

─Estás en la luna… Si es que sólo me quieres para el sexo…

Sonrió. Intentando fingir despreocupación.

─¿Alguna duda?

Suspiró en su interior… Si fuera verdad…

Miedo

Texto que apareció inicialmente en el blog Krakens y sirenas. Espero que os guste. 

Yo creía saber lo que era el miedo. Creía conocerlo. Miedo era lo que alguna vez sentí cuando, al volver a mi casa, sola, de noche, veía sombras que se parecían a su figura. Miedo era lo que sentí cuando, en un pueblo perdido en mitad del campo, en Mozambique, me dijeron que tenía malaria… Para mí eso era el miedo.

Miedo era el temor a que mi abuela, enferma de Alzheimer, se muriera mientras yo estaba a 7000 Km. de distancia y no poder estar al lado de mi padre en ese momento. Yo creía que eso era miedo.

Había tenido incluso miedos menores: miedo a no encontrar mi camino en la vida, no encontrar a alguien a quien querer con locura y que me quisiera de la misma manera, a no tomar buenas decisiones (o al menos, las correctas)…

Yo creía que sabía lo que era el miedo… Ingenua de mí. Supe lo que era el miedo cuando vi formarse esa rayita rosa. Y tras la emoción inicial, apareció el miedo… Conocí el miedo irracional… Miedo a perderle, miedo a que le pasara algo, miedo a no sentirle moverse… Era un miedo extraño porque, por primera vez, no era un miedo egoísta… No. Y era tan abrumador que me dejaba noches sin dormir…

Y de pronto llegó, con su pelo negro, sus ojos azules, su piel blanquita… Tan parecida a mí, tan pequeña, tan grande a la vez… Que lo llenó todo. Y supe que mi vida ya no tendría sentido sin ella. Y supe que ya siempre tendría miedo.

Miedo es lo que te despierta en mitad de la noche para comprobar que tu peque sigue respirando (así de tonto, así de real). Miedo a no ser lo suficientemente buena madre, miedo a no ser un buen ejemplo, miedo a ser demasiado indulgente o demasiado estricta… Miedo a no encontrar el equilibrio… Miedo a no poder protegerle de los golpes de la vida (aún sabiendo que tiene que caerse y aprender a levantarse… No quiero que se caiga)… Miedo a contagiarle mis miedos. Miedo a que pueda pasar un día (un solo día) sin sonreír…

Yo creía saber lo que era el miedo, hasta que llegó ella y descubrí el mayor miedo: que no sea feliz.

Huesos rotos

Hoy os traigo un viejo relato que apareció por primera vez en el blog “De krakens y sirenas”. Hoy, por este día internacional contra la violencia de género, me he acordado de él. Comentar, como anécdota, que tuve el honor de que posteriormente a publicarlo, una mujer que entonces no conocía, me pidió permiso para leérselo a las mujeres del centro de acogida donde ella era voluntaria. Todo un honor. Espero que os guste. 

Habían pasado muchos años. Todo se había quedado en un recuerdo. La mayoría de las personas que la rodeaban lo habían olvidado. Era mucho más fácil para ellos. Ella aún tenía pesadillas de vez en cuando. Cierto que eran pocas noches en las que su fantasma volvía a por ella. Como cierto era también que cuando eso sucedía ya no la dejaban el miedo y la angustia durante todo el día. Pero aún así… Había noches en las que amanecía llorando. Había días que al volver a casa, al oír un ruido o ver una sombra extraña… seguía teniendo miedo.

La gente le decía que la admiraba, que era una superviviente, que había conseguido salir de un infierno, que había tenido el valor de huir de un tormento… Y ella no se sentía digna de admirar… Ella seguía sin poder quitarse de la cabeza la pregunta de cómo había llegado a ese nivel.

Ella que siempre había sido una chica mona, una chica popular, divertida, alegre… Segura de sí misma… Se encontraba en un gran momento personal… ¿Cómo se había dejado llevar a una relación destructiva? ¿Cómo había dejado que él la aislara de toda la gente que quería? ¿Cómo había dejado que él fuera el dueño de todas sus decisiones? ¿Cómo había dejado que la anulara? ¿Cómo había aguantado su maltrato primero psicológico, después físico? Y lo había aguantado… Se había creído la mentira de que nadie la querría como la quería él, que sin él no era nadie, que sin él lo perdería todo…

Hasta que notó la primera patada… Una patada diferente a las que él le propinaba… Una patadita del ser que crecía en su interior… Y encontró el valor. Y supo que si seguía con él sí que lo perdería todo…

Habían pasado los años… Su pequeño crecía feliz, lejos de un hogar plagado de violencia, lejos del odio, del miedo… Y ella había vuelto a sonreír…

Aún tenía secuelas… Más de las que le gustaría. Varias cicatrices en el labio y en brazos… La muñeca destrozada de la veces que se la había roto, leves fisuras mal curadas por no acudir al médico… Muchos años de huesos rotos sin curar… Demasiados… Pero los huesos rotos cicatrizan, antes o después, mejor o peor… Pero cicatrizan… Las heridas mentales, las sentimentales fueron otra historia… Mucho más difícil.

El tiempo había pasado. Y sentía que era otra vida, aquel día en que cogió su maleta y se fue de lo que erróneamente había llamado hogar… Con el corazón, la confianza, la autoestima y los huesos rotos… Pero con un futuro por delante. Ella había encontrado el valor en ese corazón y esos huesos que crecían dentro de ella. Ahora ayudaba a otras a encontrar el valor para huir de esos “hogares” llenos de corazones, sentimientos y huesos rotos.

 

Y os animo a ayudarme a colaborar… Toda la información en otra entrada de mi blog (Ayúdame a ayudar)

Dulce guerra

Este texto apareció por primera vez en el blog “de krakens y sirenas” el 10 de abril. Lo recupero en este #DiaDeLaMujerEscritora. Espero que os guste. 

Ahí estaba. Otra vez. Delante de mí. Mirándome fijamente, retándome, desafiándome… Gritando a los cuatro vientos que era más fuerte que yo, que esta vez me vencería, que me derrotaría en esta guerra que llevamos años disputando.

Y en el fondo sabía que no me odiaba, todo lo contrario, que le encantaba cuando le vencía; cuando mi determinación, mis ganas de seguir soñando, mi inspiración y mi terquedad… Lo llenaba todo.

Sí, mi terquedad. Porque él es terco, sí. Muchísimo. Cuando creo que le he derrotado, cuando creo que ya está, que le he vencido, que no puede pararme… Vuelve. Y vuelve incluso con más fuerzas, arrasando con todo, desesperándome, volviéndome loca. Pero yo soy más terca, muchísimo más… Y nada ni nadie me va a impedir luchar por mis sueños… Y mucho menos él.

A veces me hundo. A veces creo que no puedo más, que no tengo energías; dudo de mí, dudo de mis habilidades, de mi talento, de mí misma… Unas veces, me escondo en mí misma, ansiada soledad que todos necesitamos de vez en cuando; otras miro a mi alrededor… Y quizás sea consuelo de tontos, pero alivia no sentirse única en esta batalla… Ver que somos una manada luchando sus propias guerras y un solo enemigo.

Y aquí estamos otra vez, frente a frente… El folio en blanco y yo. Eternos rivales en una dulce guerra… Unas batallas las gana él; por suerte, la mayoría las gano yo. Una veces con más acierto, otras… Otras no se quedan más que en simples borradores… Pero, al fin y al cabo, la vida es lo mismo… Un folio en blanco en el que escribir nuestro camino… Enfrentarnos en esta dulce guerra que empezó cuando nacimos. La única diferencia es que aquí no vale borradores. Sigamos luchando

Miedos

Publicado por primera vez en el blog “de Karkens y Sirenas”

 

Yo creía saber lo que era el miedo. Creía conocerlo. Miedo era lo que alguna vez sentí cuando, al volver a mi casa, sola, de noche, veía sombras que se parecían a su figura. Miedo era lo que sentí cuando, en un pueblo perdido en mitad del campo, en Mozambique, me dijeron que tenía malaria… Para mí eso era el miedo.

Miedo era el temor a que mi abuela, enferma de Alzheimer, se muriera mientras yo estaba a 7000 Km. de distancia y no poder estar al lado de mi padre en ese momento. Yo creía que eso era miedo.

Había tenido incluso miedos menores: miedo a no encontrar mi camino en la vida, no encontrar a alguien a quien querer con locura y que me quisiera de la misma manera, a no tomar buenas decisiones (o al menos, las correctas)…

Yo creía que sabía lo que era el miedo… Ingenua de mí. Supe lo que era el miedo cuando vi formarse esa rayita rosa. Y tras la emoción inicial, apareció el miedo… Conocí el miedo irracional… Miedo a perderle, miedo a que le pasara algo, miedo a no sentirle moverse… Era un miedo extraño porque, por primera vez, no era un miedo egoísta… No. Y era tan abrumador que me dejaba noches sin dormir…

Y de pronto llegó, con su pelo negro, sus ojos azules, su piel blanquita… Tan parecida a mí, tan pequeña, tan grande a la vez… Que lo llenó todo. Y supe que mi vida ya no tendría sentido sin ella. Y supe que ya siempre tendría miedo.

Miedo es lo que te despierta en mitad de la noche para comprobar que tu peque sigue respirando (así de tonto, así de real). Miedo a no ser lo suficientemente buena madre, miedo a no ser un buen ejemplo, miedo a ser demasiado indulgente o demasiado estricta… Miedo a no encontrar el equilibrio… Miedo a no poder protegerle de los golpes de la vida (aún sabiendo que tiene que caerse y aprender a levantarse… No quiero que se caiga)… Miedo a contagiarle mis miedos. Miedo a que pueda pasar un día (un solo día) sin sonreír…

Yo creía saber lo que era el miedo, hasta que llegó ella y descubrí el mayor miedo: que no sea feliz.