Qué desastre

Este texto apareció por primera vez, con el mismo título “Qué desastre”, en el blog krakensySirenas el 22 de marzo de 2016 y hoy lo recupero para compartirlo con vosotros… Porque, simplemente, me he acordado del mismo. Espero que os guste y dejéis algún comentario. 

Sed felices. 

Se atusó el pelo. Intentó darle un poco más de volumen. Miró fijamente el pintalabios que tenía en una de sus manos. No sabía si retocarse. Total, para lo que le iba a durar… Notó un pequeño pinchazo en el estómago. Y se convenció a sí misma de que, simplemente, era el deseo, ansioso de salir y ser libre. Llevaban tanto tiempo jugando a ese juego… Quedaban, una charla, unas risas, abrían una botella de vino… Y mucho antes de que acabaran la primera copa, la ropa ya solía andar por el suelo. Luego solían acabarse la botella de vino mientras picoteaban algo. Más risas, más charlas… Y, más tarde, de vuelta a su casa. Sin más complicaciones, sin más historias. Y le gustaba. Le gustaba esa relación. Sin comeduras de coco, sin peleas…

La puerta del ascensor se abrió. Y casi justo enfrente le esperaba él, apoyado en el marco de la puerta de su casa. Estaba realmente guapo. Pelo negro, ojos marrones, casi miel… Con unos pequeños puntitos verdes que brillaban cuando la miraban. Le gustaba el jersey de cuello alto que llevaba. Realmente le ponía mucho. Tenía ya ganas de quitárselo.

Se acercó a él con una sonrisa y le besó, con ansia, con todo el deseo que palpitaba en cada poro de su piel. La respuesta de él no tardó en llegar, la rodeó por la cintura con su brazo y la atrajo contra su cuerpo.

─Mmmmm… Cómo vienes.

─Tengo ganas de ti… ¿Algún problema?

─Ni muchísimo menos. Encantado. ¿Entras?

Se separó de él y pasó por su lado entrando en su domicilio; mientras lo hacía rozó levemente su entrepierna. Vio, por el rabillo del ojo, como él sonreía pícaro. Se quitó el abrigo. Llevaba un vestido negro que sabía que a él le encantaba por como se ajustaba a cada curva de su piel. Se volvió hacia él y con un gesto pícaro dejó caer el abrigo al suelo, sin dejar de mirarle, provocándole…

En dos zancadas él ya estaba pegado a ella, besándola, acariciando cada parte de su cuerpo; la dirigió hacia una de las paredes y la aplastó contra ella para que le sintiera completamente. La volvía loca. Notar su deseo palpitando contra el suyo. Él enredó su mano entre su pelo y tiró levemente del mismo para hacerle girar la cabeza y su cuello quedara a su disposición.

En esa ocasión no había preliminares, no había charla, ni risas, ni la botella de vino abierto contemplándoles desde la mesa… En esa ocasión sólo había una pasión que invadía todo el cuarto. En esa ocasión sólo había dos pares de manos desnudando al contrario. En esa ocasión sólo había ese incendio que ardía cada vez que estaban juntos.

De la pared pasaron al sofá. Y fue el sofá como podía haber sido la mesa o el mismo suelo. Ninguno de los dos parecía controlarse. No supo en qué momento había perdido los zapatos, el vestido… Incluso la ropa interior. Notó como él le daba la vuelta para dejarla boca abajo y como su boca le recorría la espalda y como con los dedos jugueteaba con su sexo. Sabía perfectamente cuál era su punto débil.

─Estás completamente empapada. Y me encanta.

─Es tu culpa.

Intentó girarse para quedarse boca arriba pero él se lo impidió.

─No. Hoy mando yo. Y no voy a hacer esperar a quien me está esperando tan ansioso.

Hundió la cabeza en uno de los cojines del sofá mientras intentaba recuperar el ritmo normal de su respiración. El sexo con él era tan bueno… Nunca había encontrado a nadie con quien tuviera tanta química, que con solo tocarla la derritiera. Sintió como él se tumbaba de lado en el sofá, a su lado, mirándola. Le devolvió la mirada. Estaba tan guapo con esa sonrisa.

─¿Qué piensas?

¿Por qué le había preguntado eso? Se regañó. Nunca se le había ocurrido hacer esa pregunta. Y mucho menos después del sexo. Él no pareció molesto. Subió uno de sus dedos y le acarició la mejilla.

─Me gustan tus mejillas coloradas después del sexo.

Le besó. Un beso suave. Dulce. Y algo se retorció dentro de ella. Él se separó. Se sentó y se puso los calzoncillos que estaban en el suelo.

─¿Un Rioja?

No esperó respuesta. Se levantó y se fue a la cocina. Ella le vio alejarse. Sabía que él era más de Riberas, que compraba Rioja por ella… “¡Qué mono!”. Y de pronto se dio cuenta. No era sólo deseo lo que sentía por él. No podía ser. No. Se lo negó mil veces. Y él apareció con una sonrisa, la botella de vino y dos copas.

─Tengo la nevera vacía, pero si te apetece podemos pedir algo y luego retomar un segundo asalto.

─Me parece un gran plan.

Le vio servir el vino mientras empezaba a contarle las últimas novedades de su vida. Y ella le escuchó intentando acallar esa vocecita que empezaba a gritar en su interior. Había pasado mucho tiempo acallándola. Miró pensativa el vino. Qué desastre. Qué absoluto desastre. ¿Quién le mandaba enamorarse? Le dio un largo trago a la copa. Oyó como él se reía divertido y volvió a mirarle.

─¿Qué pasa?

─Estás en la luna… Si es que sólo me quieres para el sexo…

Sonrió. Intentando fingir despreocupación.

─¿Alguna duda?

Suspiró en su interior… Si fuera verdad…

Miedo

Texto que apareció inicialmente en el blog Krakens y sirenas. Espero que os guste. 

Yo creía saber lo que era el miedo. Creía conocerlo. Miedo era lo que alguna vez sentí cuando, al volver a mi casa, sola, de noche, veía sombras que se parecían a su figura. Miedo era lo que sentí cuando, en un pueblo perdido en mitad del campo, en Mozambique, me dijeron que tenía malaria… Para mí eso era el miedo.

Miedo era el temor a que mi abuela, enferma de Alzheimer, se muriera mientras yo estaba a 7000 Km. de distancia y no poder estar al lado de mi padre en ese momento. Yo creía que eso era miedo.

Había tenido incluso miedos menores: miedo a no encontrar mi camino en la vida, no encontrar a alguien a quien querer con locura y que me quisiera de la misma manera, a no tomar buenas decisiones (o al menos, las correctas)…

Yo creía que sabía lo que era el miedo… Ingenua de mí. Supe lo que era el miedo cuando vi formarse esa rayita rosa. Y tras la emoción inicial, apareció el miedo… Conocí el miedo irracional… Miedo a perderle, miedo a que le pasara algo, miedo a no sentirle moverse… Era un miedo extraño porque, por primera vez, no era un miedo egoísta… No. Y era tan abrumador que me dejaba noches sin dormir…

Y de pronto llegó, con su pelo negro, sus ojos azules, su piel blanquita… Tan parecida a mí, tan pequeña, tan grande a la vez… Que lo llenó todo. Y supe que mi vida ya no tendría sentido sin ella. Y supe que ya siempre tendría miedo.

Miedo es lo que te despierta en mitad de la noche para comprobar que tu peque sigue respirando (así de tonto, así de real). Miedo a no ser lo suficientemente buena madre, miedo a no ser un buen ejemplo, miedo a ser demasiado indulgente o demasiado estricta… Miedo a no encontrar el equilibrio… Miedo a no poder protegerle de los golpes de la vida (aún sabiendo que tiene que caerse y aprender a levantarse… No quiero que se caiga)… Miedo a contagiarle mis miedos. Miedo a que pueda pasar un día (un solo día) sin sonreír…

Yo creía saber lo que era el miedo, hasta que llegó ella y descubrí el mayor miedo: que no sea feliz.

Londres

Artículo que publiqué originalmente en octubre del 2015. Espero que os guste. 

Es habitual, en esto tiempos que corren, que cuando alguien vuelve de un viaje, escriba en su blog un resumen de sus vacaciones. Un grito al mundo para explicar lo bien que se lo había pasado. ¿Quizás dar algo de envidia? No, eso soy yo que soy una malpensada.

Acabo de volver de Londres y he de reconocer que me ha encantado, ha sido una semana increíble. Pero la red ya está llena de artículos diciendo qué hay que ver y ensalzando las maravillas de esta magnífica ciudad. Yo no voy a hacer eso. No. Yo voy a enumerar las cosas que NO me han gustado. Así. Por llevar la contraria.

Primero: Estamos demasiado malacostumbrados a los hoteles en España. La relación calidad-precio de la que disfrutamos aquí se pierde en cuanto cruzamos la frontera. Yo sólo tenía un requisito; bueno, dos. Que estuviera limpio y que tuviera baño privado (no tengo yo edad para estar compartiendo baño con desconocidos y haciendo cola para la ducha). Y esos dos requisitos los cumplía. La wifi gratuita era un chiste. Al estar en la tercera planta (sin ascensor, genial el primer día con la maleta) la señal llegaba cuando le daba la real gana y de esa manera. E intenta no coincidir con otros clientes a la hora de la ducha que la presión del agua se quedaba en un hilito (o se gastaba el agua caliente). Lo dicho, conozco hostales de Madrid mejores y más baratos.

Segundo: El transporte. Lo primero el precio. Demasiado caro en comparación. Si te mueves por la zona A, bien; pero es tan pequeña que en seguida te sales y ahí llega el “hostiazo” a la Oyster (tarjeta transporte). Segundo, las líneas. ¡Qué manía con que se bifurquen! En serio, con lo fácil que es el metro de Madrid o de Barcelona… El día que llegamos había parte de la línea cerrada pero nada, ahí nadie informaba. Tuvimos que preguntar a tres personas diferentes para que nos informaran de cómo narices llegábamos a nuestra parada (una incluso nos dijo que no había forma). Por no comentar que el autobusero se confundió de camino. Me llamó muchísimo la atención que la gente esperaba al último instante para levantarse del asiento y salir en su parada, por lo que el “dejen salir antes de entrar” resulta muchas veces imposible. Y supongo que la falta de escaleras mecánicas es para compensar la grasa que se meten en los desayunos.

Tercero: El aeropuerto. Nada más llegar todo el mundo, da igual la nacionalidad que tengas, si perteneces o no a la UE, a pesar por el control de pasaportes (El DNI en nuestro caso) con las respectivas y largas colas. Estupenda manera de empezar un viaje. La vuelta… Otra maravillosa odisea llena de colas. Porque el histerismo lo domina. Soy la primera en estar a favor de los controles de seguridad pero el grado de alerta que hay ahí me parece excesivo. Y luego todos amontonados entre las tiendas a la espera de que pongan la puerta de embarque, que no se dignan en informar hasta 45 minutos antes del viaje. Todo para que compres.

Cuarto: La comida. ¿Alguien puede ir y enseñarles a hacer un buen café? Normal que estén siempre con uno en las manos, para ver si al décimo café al día les hace algo de efecto. El “fish and chips” es lo más soso que he comido en la vida y no exagero. Menos mal que Londres es la ciudad más cosmopolita que conozco y por todas partes hay puestos y restaurantes de comida de todas partes del mundo. De la cerveza caliente prefiero ni hablar.

Quinto: Nos han vendido la moto con la puntualidad británica y su educación… Es la mejor campaña de marketing que he visto. Puntualidad para cerrar, eso sí. Para empezar o abrir ya es otra historia. Y sí te puedes encontrar a gente de todo tipo… Pero comprendo porque hay tanta gente que se dedica a intentar que los parques, el metro o el propio río estén limpios. Un ejemplo: un día, a la entrada de una estación de metro estaban repartiendo latas pequeñas de coca-cola. La gente no tenía mejor sitio que dejarlas en los huecos de la escalera una vez que se la terminaban de beber. Y os aseguro que en la papelera entraban, que yo la eché ahí.

Espero no haberos echado para atrás si teníais planeado ir a Londres. Es una ciudad que merece mucho la pena pero, como todo en este mundo, tiene defectos. Estos son unos cuantos, ¿Virtudes? Esas las podéis ver en cualquier otro blog (o si tenéis dudas, podéis ver las fotos que he ido subiendo a Twitter).

Estos son las cinco cosas que no me han gustado de Londres; si escribiera las que sí, no acababa hoy.

Besos. Sed felices.  

De Madrid a mi block de notas: Miradores de Madrid

Viejo escrito que apareció por primera vez en mi anterior blog (sí, ese que tuvo que desaparecer junto con mi anterior página, snif snif). Espero que os guste, que lo volváis a descubrir o leer de nuevo. 

Permitirme que empiece por el más desconocido de los miradores pero para mí es uno de los más especiales por la cantidad de recuerdos que tengo ahí. Cuando era adolescente no había más que un enorme descampado pero yo solía ir a pasear, a aislarme de todo y a contemplar la ciudad que tanto amo. Ahora se está creando un gran parque “la cuña verde” donde hay varios miradores, el más especial el que pilla a la altura de la calle Marroquina (Moratalaz) y desde donde contemplamos un gran skyline de Madrid. En serio, no sabéis lo que os perdéis. (la portada de Sueño de Cristal está realizada en ese mismo sitio)

No nos vamos muy lejos. Al vecino barrio de Vallecas. Más concretamente al Parque de “El cerro del tío Pío”. Conocido popularmente por el “Parque de las tetas” (yo tardé mucho en conocer su verdadero nombre) por las colinas que lo forman. Han puesto un chiringuito y hecho un mirador pero, sinceramente, la mejor visión de Madrid se ve desde la “teta” más alta. Un atardecer ahí es un momento único y romántico.

Y… ¿Qué podemos decir de “El templo de Debod”? Visita indispensable si paseas por Madrid. Pocas ciudades pueden presumir de tener un templo egipcio en un entorno tan maravilloso. Pocos atardeceres más hermosos. Durante el fin de semana se llena de parejas dispuestas como el Sol se esconde tras la casa de campo. Creo que no hace falta decir mucho sobre sus vistas.

Si hablamos de “El mirador de Moncloa” normalmente pensamos en el Faro (bendito Faro, la de vueltas que le están dando… Al final me quedaré sin poder subir, ya lo veréis). Pero, en el mismo intercambiador hay un amplio mirador desde donde contemplar el Faro de Moncloa, el arco del triunfo y, si el tiempo lo permite, la Sierra de Madrid.

Siguiente. La Huerta de la Partida. ¿Qué es la huerta de la Partida? Os preguntaréis. Pues se encuentra en el Madrid Río, a la altura del Puente del Rey y sus orígenes son del Siglo XVI y, como habréis deducido recibe el nombre por haber sido… Sí, una huerta (Primero para los nobles, luego se utilizó para plantar plantas medicinales). Con la Guerra Civil quedó destruida. Gracias al proyecto de Madrid Río ha sido repoblado, esta vez con árboles. Y también han decidido poner un mirador. Un mirador donde podemos contemplar perfectamente, La Almudena, El Palacio Real, la Torre de Madrid y el Edificio de Plaza España.

Y, por último, el Viaducto de Segovia. Éste es conocido, sobre todo, por haber sido un lugar habitual donde, desgraciadamente, mucha gente se ha suicidado y que llevo a tener que poner una mampara de cristal. Desde su parte superior podemos contemplar la Almudena, el Palacio Real y gran parte del Madrid de los Austrias. Muy cerca de aquí podemos contemplar una hermosa vista de la Almudena y la Muralla de Madrid… Pero de eso ya hablaremos otro día.

Olores que deseas olvidar

 

Este texto salió ya en mi anterior blog (Y en uno aún más antiguo) pero es uno de mis textos favoritos y con mucho significado para mi. Espero que os guste. 

Hay lugares que tienen un olor que se mete dentro, que se te clava en el alma para siempre. A veces son olores positivos. El olor a tierra mojada me recuerda siempre, sin poder evitarlo, a Baños de Molgas (el pueblo de mi madre); el olor de tu cuerpo que de repente me aborda cuando no estás a mi lado y me hace revivir todos los momentos juntos; el olor a fruta recién recogida que me traslada a debajo de una mangueira (el árbol que da mangos, que nunca he sabido como se dice en castellano 😛 )… Pero hay olores que hieren en el alma…

Cuando tenía 17 años fui de intercambio a Polonia. A una ciudad preciosa, un rincón medieval, una ciudad de cuento de hadas que me conquistó desde el primer día. A 60 Km. de este maravilloso lugar se encuentra el recuerdo de uno de los puntos negros de la historia de esta vieja Europa, tan mía, tan nuestra… Un punto negro con olor a tristeza, a desesperación, a odio, a vergüenza… El aire de Auschwitz enfría la sangre y pone la piel de gallina. Se calcula, aunque nunca se sabrá con certeza que más de 1,3 millones de personas murieron entre esas verjas. No sólo murieron judíos (aunque es cierto que la mayoría sí lo eran), también fueron asesinados homosexuales, gitanos, presos de guerra, “elementos antisociales”.

Recuerdo que íbamos en el autobús camino al primero de los campos de concentración que forman Auschwitz, hablando, riendo, comentando la jornada anterior… Y bajas del autobús y casi lo primero que ves es la puerta, sobre la cual los nazis pusieron una frase “Arbeit macht frei”, el trabajo os hará libres. El trabajo os hará libres… Los presos salían cada mañana a trabajar (con música de marcha tocada por una orquesta, no haré comentarios), la mayoría de las veces ni les daban de comer, hacían sus necesidades en “baños públicos”, sin paredes, sin higiene (cuyo propósito era de no sólo que cayeran enfermos sino de quitarles la poca dignidad que les quedaba) y luego volvían por la noche. Algunos, los afortunados, dormían en camas, apelotonados; los menos dormían en zulos enanos, de pie, sin poder sentarse ni mucho menos tumbarse. Como anécdota, decir que Witz (terminación de Auschwitz), en alemán, significa broma. Una horrible broma. 

Es tremendo. La gente que llegaba a Auschwitz pensaba que les iban a dar tierras y casas… A la gente que llevaban a las cámaras de gas les decían que iban a la ducha y se pegaban por ponerse debajo de los agujeros por los que supuestamente iba a salir agua para poder limpiarse de toda la mugre que tenían en el cuerpo. Me recuerdo en esas cámaras de gas, con el corazón en un puño, con los ojos rojos de no poder llorar, sin poder evitar imaginarme el horror y el miedo y la desesperación que debía apoderarse de ellos al descubrir que no era agua lo que salía de esos agujeros… Luego había unos pocos “elegidos” que eran los encargados de trasladar los cuerpos de sus compañeros de la cámara de gas, al crematorio… Un doble castigo. 

Supongo que para muchos sí les hacía libres… Porque con su muerte se liberaban de esas torturas, de ese dolor, de ese miedo y angustia… Porque al menos, para los muertos esa horrible pesadilla había terminado. 

Álvaro Gil Robles, ex comisario europeo de Derechos Humanos, dijo, con un gran acierto, que la experiencia vivida en Auschwitz no sólo produjo en todos los que sobrevivieron una destrucción física, sino también moral.

Lo que es tremendo es que el pueblo judío (y lo siento por generalizar en este momento, pero podríamos incluso ampliarlo porque los que no estamos implicados directamente, lo estamos por consentirlo) acabe cometiendo la misma atrocidad. Como dijo Saramago, los judíos que murieron abrasados en las cámaras de gas quizás se avergonzarían al ver como se están comportando sus descendientes. Quizás, como dijo, no hay cámara de gas pero aislar a las personas, no dejarles moverse, no permitir el acceso a los cascos azules (y que nosotros sigamos sentados en el sofá)… Es verdad, quizás estoy siendo demagoga, quizás me dejo llevar por la publicidad pro-palestina, pero es mejor que ser cómplice de ese crimen contra la humanidad. Otro más en la lista. 

En el autobús, cuando íbamos no parábamos de hablar. A la vuelta, durante esos 60 Km. que nos separaban de Cracovia, nadie hablo. No tenías fuerzas para eso. Ni fuerzas ni sabíamos qué podíamos decir. El silencio hablaba por si solo.

Huesos rotos

Hoy os traigo un viejo relato que apareció por primera vez en el blog “De krakens y sirenas”. Hoy, por este día internacional contra la violencia de género, me he acordado de él. Comentar, como anécdota, que tuve el honor de que posteriormente a publicarlo, una mujer que entonces no conocía, me pidió permiso para leérselo a las mujeres del centro de acogida donde ella era voluntaria. Todo un honor. Espero que os guste. 

Habían pasado muchos años. Todo se había quedado en un recuerdo. La mayoría de las personas que la rodeaban lo habían olvidado. Era mucho más fácil para ellos. Ella aún tenía pesadillas de vez en cuando. Cierto que eran pocas noches en las que su fantasma volvía a por ella. Como cierto era también que cuando eso sucedía ya no la dejaban el miedo y la angustia durante todo el día. Pero aún así… Había noches en las que amanecía llorando. Había días que al volver a casa, al oír un ruido o ver una sombra extraña… seguía teniendo miedo.

La gente le decía que la admiraba, que era una superviviente, que había conseguido salir de un infierno, que había tenido el valor de huir de un tormento… Y ella no se sentía digna de admirar… Ella seguía sin poder quitarse de la cabeza la pregunta de cómo había llegado a ese nivel.

Ella que siempre había sido una chica mona, una chica popular, divertida, alegre… Segura de sí misma… Se encontraba en un gran momento personal… ¿Cómo se había dejado llevar a una relación destructiva? ¿Cómo había dejado que él la aislara de toda la gente que quería? ¿Cómo había dejado que él fuera el dueño de todas sus decisiones? ¿Cómo había dejado que la anulara? ¿Cómo había aguantado su maltrato primero psicológico, después físico? Y lo había aguantado… Se había creído la mentira de que nadie la querría como la quería él, que sin él no era nadie, que sin él lo perdería todo…

Hasta que notó la primera patada… Una patada diferente a las que él le propinaba… Una patadita del ser que crecía en su interior… Y encontró el valor. Y supo que si seguía con él sí que lo perdería todo…

Habían pasado los años… Su pequeño crecía feliz, lejos de un hogar plagado de violencia, lejos del odio, del miedo… Y ella había vuelto a sonreír…

Aún tenía secuelas… Más de las que le gustaría. Varias cicatrices en el labio y en brazos… La muñeca destrozada de la veces que se la había roto, leves fisuras mal curadas por no acudir al médico… Muchos años de huesos rotos sin curar… Demasiados… Pero los huesos rotos cicatrizan, antes o después, mejor o peor… Pero cicatrizan… Las heridas mentales, las sentimentales fueron otra historia… Mucho más difícil.

El tiempo había pasado. Y sentía que era otra vida, aquel día en que cogió su maleta y se fue de lo que erróneamente había llamado hogar… Con el corazón, la confianza, la autoestima y los huesos rotos… Pero con un futuro por delante. Ella había encontrado el valor en ese corazón y esos huesos que crecían dentro de ella. Ahora ayudaba a otras a encontrar el valor para huir de esos “hogares” llenos de corazones, sentimientos y huesos rotos.

 

Y os animo a ayudarme a colaborar… Toda la información en otra entrada de mi blog (Ayúdame a ayudar)

Tengo ganas de ti

Tengo ganas. Ganas de ti. Ganas de tus manos en mi piel, de las mías recorriendo tu cuerpo. Tengo ganas de volver a saborear tus labios, de perderme en ti. Tengo ganas de notar tu corazón palpitando a toda velocidad, golpeando mi pecho, volviendo loco al mío… Tengo ganas de sentir tus labios recorriendo mi cuello, mordisqueándolo; de notar tu voz susurrándome al oído lo que deseas hacerme… Y volverme loca en ese pensamiento, en esa fantasía que quiero hacer realidad.

Tengo ganas. Ganas de ti, de tus brazos alrededor de mi cuerpo, de notar tu abrazo firme, sensual, apasionado… De sentir tu abrazo que pide a gritos un cuerpo que le rodee, que le ame, que le diga que está ahí, que seguirá ahí cuando el polvo acabe… Y que volverá a buscar el siguiente.

Tengo ganas. Ganas de ti. Ganas de tu mirada pervertida recorriendo mi cuerpo. Ganas de notar el deseo dominando cada poro de mi piel. Ganas de que me estampes contra la pared, que me subas a una mesa, que me tires sobre una cama, sobre un sofá… O en el mismo suelo.

Tengo ganas. Ganas de ti y de tu sabor. Ganas de sentirte dentro de mí. Ganas de sentir como te vas en mi interior. Ganas de notar como destrozas mi cuerpo en un orgasmo que me hace temblar, que me hace gemir, que me vuelve loca…

Tengo ganas de que me quites todas estas ganas. Tengo ganas de que vuelvas a crearme más ganas… Y así… Encendiendo y consumiendo este incendio que siento con solo pensar en ti y en tu cuerpo.

Tengo ganas de ti.

Dulce guerra

Este texto apareció por primera vez en el blog “de krakens y sirenas” el 10 de abril. Lo recupero en este #DiaDeLaMujerEscritora. Espero que os guste. 

Ahí estaba. Otra vez. Delante de mí. Mirándome fijamente, retándome, desafiándome… Gritando a los cuatro vientos que era más fuerte que yo, que esta vez me vencería, que me derrotaría en esta guerra que llevamos años disputando.

Y en el fondo sabía que no me odiaba, todo lo contrario, que le encantaba cuando le vencía; cuando mi determinación, mis ganas de seguir soñando, mi inspiración y mi terquedad… Lo llenaba todo.

Sí, mi terquedad. Porque él es terco, sí. Muchísimo. Cuando creo que le he derrotado, cuando creo que ya está, que le he vencido, que no puede pararme… Vuelve. Y vuelve incluso con más fuerzas, arrasando con todo, desesperándome, volviéndome loca. Pero yo soy más terca, muchísimo más… Y nada ni nadie me va a impedir luchar por mis sueños… Y mucho menos él.

A veces me hundo. A veces creo que no puedo más, que no tengo energías; dudo de mí, dudo de mis habilidades, de mi talento, de mí misma… Unas veces, me escondo en mí misma, ansiada soledad que todos necesitamos de vez en cuando; otras miro a mi alrededor… Y quizás sea consuelo de tontos, pero alivia no sentirse única en esta batalla… Ver que somos una manada luchando sus propias guerras y un solo enemigo.

Y aquí estamos otra vez, frente a frente… El folio en blanco y yo. Eternos rivales en una dulce guerra… Unas batallas las gana él; por suerte, la mayoría las gano yo. Una veces con más acierto, otras… Otras no se quedan más que en simples borradores… Pero, al fin y al cabo, la vida es lo mismo… Un folio en blanco en el que escribir nuestro camino… Enfrentarnos en esta dulce guerra que empezó cuando nacimos. La única diferencia es que aquí no vale borradores. Sigamos luchando

Tentaciones

 

Le vio subir las escaleras. Dudó unos instantes. Luego le siguió. No era tonta. Había aprendido hacía tiempo a distinguir cuando le gustaba a un chico. Cuando la deseaba… Y él se había pasado toda la noche tocándola con cualquier excusa… Y esa manera de mirarle… Subió las escaleras y lo primero que vio fue su cama. Al fondo de la habitación. Suspiro. Él había desaparecido por una puerta. Iba a seguirle cuando le llamó la atención la luz que entraba por una de las ventanas. Se asomó. Madrid brillaba ante sus ojos… Le sintió justo detrás de ella. Pegado a su piel y cuando habló sus labios rozaron levemente su oreja.
– Es precioso, ¿Verdad?
– Sí.
Le costó hablar. Notó el corazón a mil por hora. Con sólo girarse levemente se encontraría con sus labios. Dudó. Y de pronto le pareció notar un leve roce de los labios de él en su hombro desnudo. “Gírate” se dijo a sí misma… Había algo en el olor que desprendía, algo prometedor… Pero habían conectado tan bien. Le conocía de sólo dos días y sin embargo se encontraba muy a gusto a su lado… “Gírate” se repitió. “Bésale”. Pero no lo hizo. Sólo cerró levemente los ojos aspirando el aire que les rodeaba.
Se quedaron en silencio. Pero no era un silencio incomodo. Sólo… Silencio. Leve. Palpitante. La mano izquierda de él jugueteó con su vestido, a la altura de su cintura. Luego se separó de ella. Respiró hondo.
– ¿Quieres agua?
– Sí.
“Por encima” pensó. Le miró fijamente mordiéndose el labio inferior para no decirle lo que le había pasado por la cabeza. Él le devolvió la mirada. Intensa. Fija. No debía ser la única que necesitaba ese agua… Se volvieron a quedar en silencio. Sintió que se le secaba la boca…
– ¿No ibas a traer agua?
– Sí.
Él le sonrió con picardía. Luego volvió a desaparecer por la misma puerta de antes y esta vez ella le siguió. La cocina. El abrió el frigorífico y le tendió la botella. Agua. Fría. Le venía muy bien. Su mente había viajado hacia la encimera y se había formado una escena bastante clara de lo que le apetecía en esos momentos. Agua. Helada.
– ¿Te tienes que ir ya o puedo echarme un cigarro?
¿Irse ya? ¿Un cigarro? Mejor no le decía lo que se le había pasado por la cabeza. Quizás estuviera equivocada. Quizás esa tensión que sentía era sólo suya. Quizás era mejor así. Sonrió.
– Claro que puedes…
Volvieron a bajar las escaleras y él se acercó a la mesa para coger su tabaco. Ella salió al balcón. Él volvió a seguirla. Mirándola. Fijamente. Y la tensión volvió a hacerse patente. No. No era su imaginación. Alargó la mano y le cogió el cigarrillo. Era eso o cogerle de la camisa y apretarle contra ella. Su imaginación iba más rápido que ella. Pero se repitió que era él quien le había dicho varias veces que si se iba ya. Tantas señales contradictorias.
– Vamos, que te llevo.
Vale. Definitivamente era ella. Sonrió y le siguió. Tenía que relajarse. Y era fácil con él. Fueron riéndose y charlando hasta donde tenía su coche. Casi estaba olvidando ese momento de tensión en el que había estado a punto de volverse y besarle… Casi… ¿A quién querría engañar? No lo olvidaba. Sólo lo guardaba dentro. Y, de pronto, el roce de los dedos de él contra los suyos… Mmm….. No. Era su imaginación. Él le trataba como a una amiga. Y tenía que mentalizarse. “Bueno, también hay amigos que follan” Suspiró. Tenía que quitarse ese pensamiento. Sacó un tema cualquiera y rápidamente se vieron enfrascados en una divertida conversación.
Ya estaba casi relajada cuando el paró el coche delante de su puerta. Se volvió hacia él, quitándose el cinturón de seguridad. Volvía a mirarle fijamente.
– Me lo he pasado muy bien. Gracias.
– Y yo. Gracias a ti.
Se acercó a darle dos besos y, de pronto, él giró la cara y sus labios rozaron levemente los suyos. ¿Habría sido sin querer? Había sido tan suave… Tan prometedor. Le miró. Una sonrisa tentadora iluminaba su rostro. ¿Ahora? Habían tenido mil momentos a lo largo de la noche, había estado en su casa… ¿Y ahora daba el paso? Sonrió levemente. Se acercó a él, aproximando sus labios suavemente a los suyos. Y él la besó. Otra vez. Igual de dulce, igual de tentador.
– Buenas noches.
– No te vayas…
– Sí. Hablamos.
Le besó levemente y salió del coche. Con el cosquilleo de sus labios en los suyos y con sus ganas palpitando en su piel. Claro que quería más. Pero no quería un calentón rápido en el coche y no iba a subirle a su casa. Habían tenido la oportunidad en la de él y lo habían desaprovechado. Además, prefería no acostarse con él en ese momento, tras su primer beso…
Se volvió para mirarle y sonrió. Sí, definitivamente aquel beso había sido muy prometedor. Y ya tenía ganas de ver si se hacía realidad lo que esos besos prometían. Y tenía la sensación de que sería muy pronto…

Basta ya

Otro viejo escrito que ojalá estuviera desfasado… Pero, por desgracia, no es así.

BASTA YA (14/11/2015)

En días como hoy no puedo evitar echar la vista atrás. Recordar ese maldito jueves que cambió la vida de tanta gente, que la destrozó. En uno de esos trenes que rompieron el corazón de Madrid iba, entre cientos de personas, una chica. Dulce, hermosa, inteligente… Buena. Una chica que, seguramente, conociéndola, iba leyendo alguno de los libros que siempre llevaba en la mochila. Ese día había huelga de profesores en la Universidad y varios de nuestros docentes habían dicho que iban a hacerla… Ella se había despertado a la misma hora de siempre y había quedado en el centro de Madrid para desayunar e ir a hacer unas compras. Al día siguiente se iba a ir de viaje con su chico, Iñaki. Un chaval de eterna sonrisa. Lo que ella no sabía es que días antes Iñaki y yo nos habíamos ido también de compras… En ese viaje él le iba a proponer matrimonio. Llevaban toda la vida juntos y estaban a punto de terminar la carrera. Un cuento de hadas. Un cuento de hadas que se rompió con esas explosiones. No sobrevivió. Aún lloro al recordarlo. Lloro por ella y por todos los que murieron. Por todos los heridos. Por todos los familiares. Por todos los que vieron sus vidas rotas en ese maldito 11M…
Por eso cuando se repiten cosas como las de esta noche… El corazón se me encoge. El alma se me rompe…
Y cuando leo a demagogos diciendo que en África pasa todos los días… Lo primero que pienso es que los que dicen esas cosas tienen la suerte de no haber perdido a nadie en un atentado, que nunca han sentido el pavor de haber sido atacados, que nunca vivieron en una ciudad muda por el horror… Y lo segundo que pienso… Es que esa gente debe estar siempre muy concienciada. Que han debido viajar al África subsahariana para ser voluntarios allí, deben colaborar con las ONGs que trabajan allí… Deben leer todos los días las noticias que vienen de allí, supongo que todos seguirán la cuenta, por ejemplo, de @mundo_negro o @xavieraldekoa
No acuséis a la gente de ser demagoga por sufrir por el vecino, cuando utilizáis la misma demagogia… Es muy fácil serlo. Yo también lo soy. Todos. Lo difícil es luchar por un mundo mejor. Dejar atrás la demagogia y pararnos y pensar cómo acabar con tantas muertes, con tanto horror.